En el reino de la política

Pálidas, amarillas, negras, de un rojo hético:
multitudes azotadas por la peste.

Shelley, “Oda al Viento del Oeste”

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conspiración, del lat. conspiratio, -ōnis.

  1. f. Acción de conspirar (unirse contra un superior).
  2. f. Acción de conspirar (unirse contra un particular).

conspirar, del lat. conspirāre.

  1. intr. Dicho de varias personas: Unirse contra su superior o soberano.
  2. intr. Dicho de varias personas: Unirse contra un particular para hacerle daño.
  3. intr. Dicho de dos o más cosas: Concurrir a un mismo fin.

¿No es curioso que todas las definiciones apunten a un complot orquestado de abajo arriba, o en una subliminal horizontal, y que no exista la menor noción de un complot orquestado de arriba abajo?

Diccionario de la Lengua Española, actualización de 2021.

A partir de aquí podemos empezar.

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Somos conspiracionistas, como lo es de un tiempo a esta parte cualquier persona sensata. En los dos años que llevan mareándonos y que llevamos informándonos, hemos adquirido toda la perspectiva necesaria para separar “lo verdadero de lo falso”. Los ridículos “autocertificados” que querían que rellenásemos para poder salir a la calle no tenían otro objetivo que hacernos aceptar nuestro propio encierro y convertirnos en nuestros propios carceleros. Sus creadores deben de estar ahora mismo encantados. La puesta en escena de una mortífera pandemia mundial, “peor que la gripe española de 1918”, ha sido efectivamente una puesta en escena. Los documentos que lo acreditan se han ido filtrando desde entonces; se verá más adelante. Las terroríficas modelizaciones eran todas falsas. El chantaje del colapso hospitalario tampoco era nada más que un chantaje. El espectáculo simultáneo de clínicas privadas poco menos que ociosas, y, sobre todo, completamente ajenas a cualquier requisa, bastaba para demostrarlo. Pero el empeño puesto desde entonces en destrozar los hospitales y a su personal constituye la prueba definitiva. El ensañamiento feroz con que se desechó cualquier tratamiento que no implicase experimentar con biotecnologías sobre poblaciones enteras, reducidas a la condición de cobaya, resultaba un tanto sospechoso. Una campaña de vacunación organizada por la consultora McKinsey y un “pase sanitario” después, la brutalización del debate público cobra todo su sentido. Seguramente es la primera epidemia mortal de cuya existencia ha habido que convencer a la gente.

Manifiesto conspiracionista., p. 9

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Qué bello es este día con sol, finales de octubre de 2021, casualmente (¿truco o trato?) a dos días de Halloween, los últimos de la temporada de cosechas según Samhain y el inicio, con sus sacrificios y sus jornadas de cadáveres, del dark winter (volveremos a ello después), y qué bello es sobre todo aquí, en este aeropuerto alemán, o belga, con vistas a un cielo despejado en el que no se dejan ver por el momento las sospechosas estrías de las (así llamadas) “estelas de condensación”. Por más de una razón, ante esta imagen me acuerdo del pobre Hombre de Hojalata lamentándose tras haberse alejado del sendero de losas amarillas y verse zarandeado en una barca en mitad de la corriente: “¡Si no llegamos a tierra nos veremos arrastrados al país de la Malvada Bruja de Occidente, y ella nos lanzará un encantamiento, y seremos sus esclavos!“, exclamó, con un pesar muy humano para ser un pobre ser sin corazón. Pero hablando de las brujas de Occidente y del juego de “truco o trato”: estamos aquí para escuchar unas palabras muy concretas, dentro de un escenario muy concreto, de Úrsula von der Leyen, comisaria de la UE, el órgano que absorbió en 1993 a la Comunidad Económica Europea, surgida del Tratado de Roma, cuya constitución fue concebida y redactada, entre otros, por el excaballero nazi Walter Hallstein, el primero en ocupar su presidencia. Es en un contrapicado a lo Will Eisner como Ursula von der Leyen se dirige a la prensa, toda sonrisas, para avisar una vez más (y aquí ya ni es preciso leer entre líneas) de que el hormiguero occidental está respirando oxígeno por encima de sus posibilidades, y soltando CO2 por encima de las posibilidades de los demás. Hablamos de la misma von der Leyen peinada por el difunto peluquero de la señora Thatcher, colocada en el cargo no por usted ni por usted, sino por una piovra de amigos, la misma von der Leyen que amenazó a una presidente elegida por las mismas (sedicentes) “herramientas democráticas” que nadie puso al servicio de los ciudadanos europeos para elegirla a ella de lo que podía ocurrir si su país tomaba políticamente “la dirección equivocada”, la misma von der Leyen que negoció con un tal Bourla, CEO de una tal empresa Pfizer, la adquisición de varios millones de viales de cierto suero milagroso, a través de unos mensajes telefónicos hoy misteriosamente perdidos, y también la misma von der Leyen —si el vademécum de la nobleza prusiana no engaña, pero fíate tú de la nobleza— casada con un descendiente de los adinerados tejedores de Krefeld que en el otoño de 2020, sin duda por méritos propios, pasó a ocupar un alto cargo ejecutivo en una empresa especializada en el desarrollo de terapias génicas. También ella desciende de tejedores, como las Moiras, también es nobleza antigua, y madre de siete hijos a los que no me cabe la menor duda —lo que es arriba es abajo— de que habrá enseñado desde niños a respirar lo justo; y si al comienzo de estas líneas se nos aparece en un cinematográfico contrapicado es porque se encuentra en lo alto de la escalerilla que lleva hasta uno de los cuatrocientos aviones privados dispuestos para los (así llamados) “líderes mundiales” que se van a reunir en Glasgow para la (también así llamada) “Cumbre del Clima”. Después serán las interminables caravanas de coches que recogerán a nuestros queridos gobernantes mundiales a pie de avión (85 vehículos de seguridad sólo para el difunto Joe Biden), quemando ecosistemas enteros de antiguo zooplancton simplemente porque ellos pueden y tú no, el espectáculo de las fotografías distribuidas por las agencias de prensa para consumo popular en las que esos mismos queridos gobernantes se nos muestran pedagógicamente separados y ataviados con la preceptiva mascarilla, y con mirada lúgubre porque saben, como Alexa, que todos vamos a morir, y luego esas otras imágenes sin el marchamo oficial que airean el envés de la tramoya, escenas desenfadadas en las que se les ve a cara descubierta, bromeando sin guardar la (también así llamada) “distancia social”, y tomando canapés de las bandejas ofrecidas por unos jóvenes camareros que, al parecer, no pueden disfrutar del privilegio de respirar tan abiertamente como lo hacen quienes están allí para legarles a ellos, y a muchos otros más jóvenes que ellos, la encantadora herencia de un mundo mejor.

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La irracionalidad de las medidas impuestas desde marzo de 2020 tiene su propia lógica. La imposibilidad, ya establecida, de discutir de manera argumentada sobre el curso de los acontecimientos es en sí misma una política. Una política basada en la psicología social. Quien se somete a una norma tan desprovista de todo fundamento como el uso de la mascarilla en exteriores tendrá tendencia a aceptar a continuación todas las demás modificaciones de normas, estas mucho menos banales. Es lo que se llama, en psicología social, la técnica del “pie en la puerta.”

Manifiesto conspiracionista., p. 135

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Tras este bonito ejemplo de hipocresía moderna no llegaré tan lejos de señalar, a quien no vea el elefante en los salones de la lucha contra el cambio climático y de la apología del pasaporte sanitario, como lo hacía un malicioso meme inglés que encontré al leer sobre la reciente prohibición al (así llamado) “conspiranoico” David Icke de entrar en veintiséis países (según la revista Vice) de la Unión Europea: “Si no te das cuenta de que te tratan como a un imbécil es porque posiblemente lo seas”. Los memes son como los grafitis callejeros, pero trasladados a los muros de datos de internet. Antes los grafitis de las calles eran ingeniosos, ilustrativos de una realidad que pocos querían ver, algunos incluso aforísticos, como los que pintaban los grupos anarquistas en los años 70 —“estamos entre la televisión y la pared”, “putas al poder, que sus hijos ya lo están”, “si el trabajo es salud que trabajen los enfermos”—; ahora son dibujos a colores, un poco el estilo del Nueva York de la película The Warriors (1979) pero sin carisma, sin su aspecto de arboleda química perdida en un ramaje de ladrillos ni su condición amenazante. El lado disertativo, aforístico, de los viejos grafitis callejeros lo han heredado los recortes meméticos que cuelgan de las paredes invisibles entre las que discurre el corredor de datos, lo que demuestra que las calles han perdido frente al ciberespacio la guerra que nunca supieron que libraban. Y, con todo, desde hace un par de años hay un grafiti guadianesco, escrito a la antigua usanza —a la manera del “Muelle” que murió envenenado por su spray—, en el Arco de la Victoria de Madrid, que han borrado varias veces y que siempre consigue volver a aparecer. Se limita a una sola palabra: Plandemia. En una ocasión su discurso fue más lejos, cuando la letra “L” se vio sustituida por una jeringuilla que apelaba no sólo al contenido inyectable tan opacamente negociado por una de las brujas de Occidente (pero también hay brujos) sino a una más general retórica sanitaria, que tiene menos que ver con el cuidado responsable del cive según Hobbes que con una lenta pero segura implantación disciplinaria de aquello que Foucault llamó biopoder. Cuando veo allí plantado ese solitario grafiti su sencillez me hace pensar en una versión compactada de la pintada de Nanterre, que garabateó un cronista del futuro en mayo del 68: “Y sin embargo todo el mundo quiere respirar y nadie puede respirar, y muchos dicen respiraremos más tarde. Y la mayor parte no mueren porque ya están muertos”. En 1968 esa pintada no decía gran cosa, salvo en un plano metafórico. Hoy Nanterre es una notita a pie de página, escrita con medio siglo de antelación, a tres años por lo demás bastante anodinos que pueden resumirse perfectamente en la palabra una vez y otra garabateada, con letras de palo, en el también así llamado, y también bastante anodino, Arco de la Victoria.

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Foucault describía, al final de Vigilar y castigar, la delincuencia como un producto de la propia institución carcelaria, que aspira así a mantener en un perímetro controlado la siempre amenazante difusión de los ilegalismos. Foucault veía por todas partes estrategias y contraestrategias, capturas y escapes. Se atrevió a decir: “soy materialista porque niego la realidad.” ¡Ve y proclama esto en público hoy día! Peor aún, no tuvo miedo, en uno de sus cursos en el Collège de France, de decir: “Este exceso del biopoder [frente al derecho soberano] aparece cuando al hombre se le da técnica y políticamente la posibilidad, no sólo de planificar la vida, sino de hacerla proliferar, de fabricar lo vivo, de fabricar monstruos, de fabricar —en última instancia— virus incontrolables y universalmente destructores.”

Manifiesto conspiracionista., p. 37

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Naturalmente, el proceso seguido para la implantación en todo el mundo de este histérico modelo higienista exige de varios cómplices: la obediente medicina protocolaria, subvencionada por las farmacéuticas, los medios de prensa subvencionados por el Estado o por las (así llamadas) fundaciones filantrópicas, y la clase política que lleva años aplicando una efectiva ingeniería social sobre las masas que empieza en el mismo instante en que un niñito imaginativo y prácticamente recién llegado al mundo —el mismo que sentía una entrañable curiosidad hacia las cosas, y ante todas ellas, deslumbrado, se preguntaba “por qué— discurre durante años por los siniestros corredores del sistema educativo. Hace tres siglos se abandonó, en nombre de la Razón —que la Revolución Francesa convirtió en Dios—, todo lo que era considerado lesivo para el conocimiento humano y nuestro noble afán de saltar a las estrellas. Se erradicó el estudio de disciplinas no menos nobles como las llamadas “ciencias herméticas” (que Newton estudió; él, que escribió un poema alquímico en el que atacaba a los “inquisidores de la ciencia”, a los “hijos de una sabiduría corrupta”), se trató de extirpar todo vínculo con una realidad trascendente del espacio social; prácticamente todo cuanto había dado origen al arte muchos miles de años atrás —la cara oscura del alma, por así decir— quedaba reducido a una aciaga nomenclatura, la (así llamada) superstición, que todavía hoy recoge muchas variantes de la experiencia humana a mayor gloria del jactancioso mortal que parece haber olvidado que nace y muere entre dos paréntesis de aún ignorada sombra. El culto a la Razón como diosa tutelar de un universo sin misterios condujo al nacimiento de un siglo XIX deforme, con terribles protuberancias craneales, rasgos psicopáticos y una hipersensibilidad a cuanto de bello y de amenazador puede esconder el revés de lo visible o cualquier agolpamiento de las sombras, una criatura de pesadilla que los filósofos pesimistas fueron los primeros en escudriñar y los poetas románticos los primeros en admirar y adorar. Un mistagogo vienés buscó un remedio para esa pesadilla internándose por los territorios, sin embargo, menos peligrosos de un oscuro reino en el que “los dioses habían encontrado su refugio”, y desde el que seguían manifestándose con peligrosas perturbaciones. ¿Sus expresiones en el reino de lo visible? Simbolismo, fin de siècle, la neurastenia urbana, el estado psicótico del Tiempo que llamamos siglo XX. Primera Guerra Mundial, surrealismo, futurismo, “arte degenerado”, Segunda Guerra Mundial, crisis, pestes y líderes desquiciados, la mente y el cuerpo humano como incipiente parque de juegos para un Estado que lleva la pulsión confiscatoria hasta el extremo de la vigilancia y de la colonización biológica. Podíamos haber tenido un defensor en aquel tipo extraño que en otros siglos saltaba al cuello del poder desde el bando de las causas perdidas, el pequeño soñador que se jugaba el tipo contra el mundo. Pero a lo largo de una programada tensión entre la, por lo demás, vacía retórica de las ideologías su heredero más directo, el escritor enloquecido y asqueado de pura sociedad, pasó de ser una figura rebelde a convertirse en ese personaje dócil y amaestrado que es el (así llamado) pensador o intelectual. La deuda materialista con el siglo XVIII se siguió cobrando aún en el siglo XX, en la forma predecesora de una triste educación materialista, la de ese niñito que hemos visto más arriba (el que suele asomar lastimeramente como una aparición en los espejos de la madrugada) olvidado de la curiosidad y del por qué. Y, en verdad, ¿qué sentido tiene preguntarse nada? Todas las preguntas ya han sido recogidas y respondidas en la trama de un (también así llamado) “material didáctico”, cuyo orden administrativo convierte el mundo en una estructura pavorosamente organizada. Fuera de sus gráficas, de sus cálculos, de sus pinzas ardientes y de los gritos de una naturaleza clavada y aprisionada en esa dama de hierro, no hay nada interesante que observar.

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Se podría alegar que unos científicos ingenuos cedieron a una petición apremiante de unas autoridades bienintencionadas. Nada de eso. Uno de esos científicos, cuyo nombre por desgracia está tachado de la correspondencia publicada, divaga sobre la mejor manera de despertar “el miedo y el seguidismo entre la población”. Y recomienda: “Hay que contener el vago sentimiento de impotencia con la impresión de un intervencionismo estatal contundente”. El poder médico, similar en esto al político, es mucho más el poder de preocupar que el de prometer. El mismo sentimiento de amenaza ordena ponerse en manos de los todopoderosos tanto en lo que respecta al conocimiento fisiológico de uno mismo como en lo que a capacidad de actuar se refiere. Las autoridades están todas indexadas entre sí. Y están todas secretamente coaligadas contra la misma reticencia popular, la misma indocilidad plebeya, el mismo movimiento centrífugo, instintivo y mudo de sustracción que les saca de quicio. Los escenarios de lo peor suponen un aumento inmediato de poder tanto para el doctor en medicina como para el policía. A uno le interesa que el ciudadano sea paciente, al otro que el paciente sea ciudadano. Un sujeto convenientemente infantilizado no se sorprenderá si, a continuación, se lleva unas tortas. Lloriqueará e irá a encerrarse a su cuarto.

Manifiesto conspiracionista., p. 127

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“El arte evoca el misterio sin el cual el mundo no existiría”. Esta frase de Magritte debería iluminar el camino flanqueado de antorchas de todo individuo consciente que nace a un universo en el que, prodigiosamente, la existencia ha ganado un viejo pulso librado con las sombras. Ni somos una sopa de genes reducidos al preparado político, de fácil deglución para la picadora del poder, ni siervos de una etiología histórica sostenida desde nuestro origen cavernario en la trama de diversos enseres, y finalmente enmarcable entre el fuego y el dinero. Somos criaturas de la pura excepción. Estar aquí es el resultado de un largo proceso en el que, si uno se remonta a su destello original y comienza a atisbar a su espalda el abismo de una oscuridad arrolladora que desde no se sabe dónde amenaza con devorarlo, lo más extraordinario no es sólo que haya algo, sino que lo haya bajo el pasmoso aspecto de este milagro de estar. Aquí no habla, sin embargo, el adorador de ningún dios, o al menos de ningún dios que carezca de la forma y el misterio de las estatuas griegas. Más bien habla quien no da siquiera por sentado, por ejemplo, que la realidad sea capaz de reconstruirse con cada parpadeo… y que muchas veces ha sorprendido en las líneas, aparentemente, de siempre una relación inacabada. No puede ser que este viaje tenebroso y terriblemente accidentado desde la nada (el palpitante muón empujado por fotones, la medusita de luz, que acude a iluminar a un ser recién sostenido sobre sus dos piernas) culmine en eso que se llama el sujeto político, o en este individuo patéticamente inclinado, como Hamlet sobre la calavera, ante sus tecnologías de acompañamiento. No puede ser. Pero es verdad que los años de educación disciplinaria en el amor al interés y la pura materia, a ocupar un espacio y “ser uno mismo” (¿y no hay una contradicción aquí con esa otra obligación de “ser alguien”?), ya han señalado el camino para una humanidad que se dirige al borde del precipicio mientras mira una pantalla iluminada —lo único iluminado que le queda— en la palma de su mano. Desde ese lugar reflectante, reducción a la pura portabilidad de toda una familia de pantallas aleccionadoras, joya final en la corona del panóptico de Bentham, que observa con más atención de como es observada, se administran cada vez menos sigilosamente advertencias coercitivas y memorándums resumidos en un puñado de caracteres para seguir adelante con una agenda universal de obligado cumplimiento. Pocos parecen darse cuenta de ello. Ahora el individuo que mantiene las reservas, el superviviente por simple y necesaria paranoia que “toma distancia” en el momento mismo en que “la propaganda endurece su férula a fin de forzar la comunión general”, es una vez más la criatura de la pura excepción que se encuentra cara a cara ante un nuevo capítulo de sombras, y que desconfía —con razón— de los actores puestos al servicio de un guión rocambolesco cuyo escenario no es otra cosa que la vida amenazada. Si tan difícil resulta ver la diferencia entre hechos y mensaje, entre nuestra futura dependencia del insecto como producto alimenticio, del agua administrada y controlada por servicios de bioética, y la monserga pedagógica de una comisaria que reprocha nuestra necesidad de movimientos desde la puerta de embarque de un avión privado, entonces ya estamos fatalmente condenados a ver cumplida esa amenaza. Cuanto antes se asuma que estamos tan solos como cuando rastreábamos las sombras en busca de un atisbo de luz, cuando una conciencia todavía desencarnada se refugiaba de la noche infinita en el hipocampo de un cerebro todavía anfibio, antes empezaremos a verle las costuras a la trama. La comisaria de la UE, el director de la OMS, el secretario general de la ONU, no protegen nuestros intereses. El presidente, primer ministro, dirigente con guardaespaldas y vehículo oficial, de cualquier gobierno con la más mínima importancia geoestratégica (los que escenficiaron el teatro de las restricciones y la profilaxis usando el tono de la comunicación de guerra), no están ahí para proteger nuestros intereses. Todo aquel que aspire a representar un país no está ahí para proteger nuestros intereses. Es más conveniente pensar que nuestro interés, si podemos prestarlo, depende de la confianza ganada a posteriori que de entrar en el juego de simpatías diseñado para una masa cada vez más polarizada por todas las correas de transmisión del poder, y en especial los (así llamados) servicios de una prensa que ha dejado de ser informativa para ser performativa: no la que relata sino la que fabrica el relato. Klaus Schwab, otro de los brujos de occidente, aquel a quien se diría que los arcontes brindaron una butaca en primera línea para ver en 2001 la caída de las torres (lo dijo él, no me lo invento yo), habló en una ocasión de un “capitalismo de Estado” como elemento de tensión frente al capitalismo privado, “que debe responder a un accionariado”. Todo eso, la jerga tecnocrática aplicada a la economía, el juego binario, la estrategia dialéctica de los blancos o negros, siempre suena muy bien. Parece que nos encontramos ante un entorno controlado, algo inevitablemente sometido a todos los virus de la incertidumbre pero igualmente sujeto al pronóstico salvador, a la cirugía concebida para extirpar el mal y recanalizar toda la orgía de los bienes en el flujo natural del capital. Pero lo que Schwab no va a contar, como principal beneficiado, es que cuando el capitalismo de Estado lo dirigen individuos ambiciosos, sin más experiencia humana que la de los pasillos donde se cabildean escenarios de futuro ni una vida útil más allá de la fecha de caducidad de una generación política, seducidos o infiltrados en los círculos de poder por el capitalismo privado (véase el WEF y su programa de Jóvenes Líderes), el capitalismo de Estado pasa a convertirse en un subordinado del accionariado de las grandes empresas. Desde ese momento el individuo nacido bajo la bandera de un país anteriormente (o así llamado) “democrático” deja de tener estatus de ciudadano para ser una parte del capital de empresa, de modo que sus derechos y libertades ya no dependerán de un marco regulador creado y sustentado a lo largo de una historia de conflictos, o de una aspiración de ampliar ese marco, inspirada, desde el deseo personal, en el interés de una humanidad presente y futura, sino de su precaria condición como activo y de su valor real como mercancía. En el momento en que la mercancía es defectuosa, o se convierte en un sobrante, se dispone de ella, ya sea por medio de la destrucción o el reciclaje. Ahora mismo nos encontramos en ese doble proceso: destrucción de la mercancía desprovista de valor de empresa y reciclaje de la mercancía remanente dentro de la esfera de mercado. Humanismo vs. Transhumanismo, tan querido por Schwab, con sus trajes talares fabricados por el sastre de los Sith o de los Romulianos, y su pequeño mortadelo israelí, el mismo que pronostica el reemplazo de las “personas inútiles” cuando ya no sirvan siquiera como semillero de datos y la división de la sociedad en castas biológicas, donde los pobres serán “degradados al nivel de gente inútil” y los ricos alcanzarán la categoría de “dioses virtuales”. Y no hay que olvidar que los pronósticos realizados desde según qué púlpitos y qué patíbulos suelen ser el embrión de las profecías autocumplidas.

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Robert Kadlec, médico de la Fuerza Aérea estadounidense y especialista en armas biológicas, representa algo así como el tipo ideal de las criaturas que habitan este restringido medio. Comienza su carrera en vísperas de la guerra del Golfo como asistente para la guerra biológica del Mando Conjunto de Operaciones Especiales (JSOC). Es iniciado por uno de los veteranos de los programas de armas biológicas estadounidenses. Se ha perdido la cuenta de los escenarios catastróficos que ha redactado sobre esta materia. En 1995 imagina un ataque de “terrorismo agrícola” en el que China utiliza aviones comerciales para propagar por los campos del Medio Oeste una enfermedad que arrasa las cosechas de maíz. En 1998 decía en un documento interno del pentágono: “Si las armas biológicas se utilizan con el pretexto de una epidemia limitada en el espacio y producida naturalmente, su utilización puede negarse de manera creíble. […] La posibilidad de provocar graves pérdidas económicas y la consiguiente inestabilidad política, combinada con la capacidad de negar de manera creíble la utilización de esta arma, sobrepasa la de cualquier otra arma conocida.” En 2001, Kadlec aparecía en las pantallas del simulacro Dark Winter. De 2007 a 2009 es director de biodefensa con George W. Bush. No desdeña, junto a sus funciones oficiales, los pequeños encargos de consulting para empresas del sector en las cuales invierte de vez en cuando, ni ejercer de lobista para compañías vinculadas al aparato militar y de inteligencia. En 2020 es uno de los asesores principales del presidente en la preparación y la respuesta a la “pandemia”. Se encarga personalmente del conjunto de los contratos de la operación Warp Speed, el consorcio formado con las grandes compañías para acelerar la fabricación y la logística de las “vacunas” contra el covid-19. Es difícil no oír una siniestra alusión a todos estos ejercicios de preparedness cuando en noviembre de 2020 Joe Biden recomienda el uso generalizado de la mascarilla y advierte de la llegada de un “dark winter”, un oscuro invierno.

Manifiesto conspiracionista., p. 60

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A veces resulta tentador preguntarse si la destrucción en el siglo XVIII de un largo saber oculto bajo la nomenclatura de las supersticiones no fue una estratagema urdida por los poderes para arrancar de las manos de la plebe algo todavía más poderoso que ellos… y ponerlo exclusivamente a su servicio. De alguna manera, todo cuanto describe este libro de cubiertas negras, metáfora de un pesado manto (la realidad “real”) que es preciso descorrer, hace pensar en una elaborada puesta a punto de las viejas ideas de control por medio de la magia actualizadas al siglo de los análisis de datos, de los informes de futuros, de los escenarios apocalípticos desarrollados tanto por servicios militares como por las (así llamadas) fundaciones filantrópicas y aplicables (tras el análisis de las proyecciones arrojadas por simulaciones y ensayos generales, como el famoso Evento 201) a todo el parque humano. La célebre cita de Clarke, “cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”, puede recomponerse en un siglo de alta tecnología de manera tal que la magia podría llegar a interpretarse como una pobre imitación de los logros obtenidos por una maquinaria de apariencia inteligente. La metodología del gobierno de las multitudes inspirada en el solve et coagula alquímico (disolver para crear nuevos modelos de adherencia), la “técnica de la confusión”, los métodos de hipnosis colectiva orquestados por Milton Erickson, “el brujo de Phoenix”, presidente de la primera Conferencia Macy (de la que nacerá la cibernética), “el hombre de los innumerables discípulos, repartidos por todas las disciplinas pero que nunca consintió en hacer escuela”, son las diferentes expresiones de una misma ciencia del comportamiento cuyo origen se encuentra en la voluntad de un individuo investido de poderes mágicos para actuar sobre la voluntad de otro, generalmente convencido de su individualidad pero mucho más todavía —y de un modo inquietante, por lo sigiloso— de su condición subordinada. La individualidad quedó borrada desde el momento en que se descubrió lo poco que bastaba para que toda noción de libertad se viera suprimida por el decreto, no sólo de una familia de tiranos, sino también de un modelo de previsiones fatalistas desarrollado ad hoc por un famoso colegio inglés, financiado en buena medida por una no menos famosa fundación privada con opacos intereses en la industria farmacéutica y ahora, también, en los recursos agrícolas. Vuelvo a la reflexión que hacía unas líneas más arriba: si tan difícil resulta ver la diferencia entre hechos y mensaje, si de verdad no sentimos ni el indicio de una alerta ante quienes deploran públicamente el peligro de nuestra abundancia —en términos de cifras demográficas— y al mismo tiempo aseguran actuar en defensa de todo ese material sobrante al confinarlo en su casa, al impedirle cualquier relación de proximidad, al obligarle a portar una insensibilizadora mascarilla o a actualizar su pasaporte de buena ciudadanía mediante la suscripción anual a un suero negociado en la niebla administrativa; si la pantalla ideológica tejida ante nuestros ojos es tan espesa que no dejar ver que la clase política está compuesta en su inmensa mayoría por un conjunto de auténticos inútiles elegidos desde arriba por su grado de inutilidad, por su capacidad para plegarse a motivaciones estratégicas que están en la periferia del (así llamado) “interés ciudadano”, cuya única meta no consiste en ocupar el puesto de “representantes del país” sino en demostrar sus méritos a quienes sólo esperan de ellos que sometan a la turba para que no interfiera en sus intereses, entonces toda individualidad habrá perdido su oportunidad de resarcirse y lo único que quedará es una subordinación de ganado a las puertas del matadero. El hecho de que no se trate de un problema nuevo, sino de algo inherente a la conciencia de estar vivo en este mundo, no escatima la responsabilidad que tenemos de cambiar las cosas que otros antes que nosotros fracasaron en cambiar. La Boétie no fue el primero en descubrirlo, pero sí lo fue en reconocer no ya como una desgracia, sino como una enfermedad viciada, esa voluntad rendida de antemano, y tantas veces sin que hubieran de intervenir siquiera la amenaza o la coacción: “Ver a un número infinito de personas no obedecer, sino servir; no ser gobernadas, sino tiranizadas; sin tener bienes, ni padres, ni mujeres, ni hijos, ni su vida misma que les pertenezcan, sufrir los saqueos, los desenfrenos, las crueldades, no de un ejército, no de un ejército bárbaro contra el cual habría que derramar la propia sangre y dar la vida, ¡sino de uno solo! ¡Y no de un Hércules ni de un Sansón, sino de un solo homúnculo, y, lo más frecuentemente, del más cobarde y femenil de la nación!” La Boétie se retorcía de asco y rabia ante “ese pueblo que se subyuga, que se degüella a sí mismo, que pudiendo elegir entre ser siervo o ser libre, abandona su independencia y se unce al yugo; el que consiente su mal o, más bien, lo busca con denuedo.” Cien años antes de que un taimado traductor de Tucídides, que vivió noventa años sumido en el puro terror, pusiera como frontispicio a su obra más famosa “una ciudad vacía de gente en la que tan sólo patrullaban soldados armados y los médicos de la peste”, La Boétie veía ya con aterradora claridad un atisbo de ese mundo —que empieza a ser el nuestro—, y animaba al hombre “a recuperar su derecho natural, y, por así decir, de bestia volver a ser hombre. ¿Qué desgracia ha sido esta que ha podido desnaturalizarlo tanto a él, el único verdaderamente nacido para vivir libremente, y hacerle perder el recuerdo de su primer ser y el deseo de recuperarlo?” No, no se trata de ningún problema nuevo. Pero por el grado tecnológico alcanzado, por el complicado abigarramiento que une nuestras necesidades más elementales (véanse los movimientos de las fundaciones filantrópicas por hacerse con las tierras cultivables, véanse las maniobras de sondeo, bajo la forma de vetos y de prohibiciones, llevadas a cabo por los gobiernos de Holanda y Bélgica contra sus propios agricultores) con un esquema de operaciones que puede ser interrumpido por decreto, sí es la primera vez en nuestra historia en la que nada garantiza que podamos contar con una segunda oportunidad.

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Pero si somos sensibles a la causa de la salud, es en primer lugar porque muy pronto va a hacer tres siglos que el poder ha invadido nuestros cuerpos, ya que la población “es el más precioso de los tesoros de un soberano. Bajo el aspecto financiero, el hombre es el principio de toda riqueza” (M. Moheau, Recherches et considérations sur la population de la France, 1778; donde uno se percata, por cierto, de que los demógrafos de Estado franceses del siglo XVIII iban muy por delante de Stalin y su panfleto El hombre, el capital más valioso). Nuestra fertilidad, nuestro vigor, nuestra longevidad son de interés general. Entran en la ecuación de la productividad de la nación. Constituyen su ventaja competitiva. “Hay que multiplicar los súbditos y el ganado”, escribía en 1763 Turmeau de La Morandière. Desde el punto de vista del Estado y de la economía, hace mucho que hemos dejado de ser dueños de nosotros mismos. Simbólicamente, para el Estado apropiarse de los dos extremos de la vida es afirmar sus títulos de propiedad sobre el resto del segmento.

Manifiesto conspiracionista., p. 60 

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Ese “primer ser”, recién iluminado por el polvillo celeste que discurrió por eones de sombra hasta llegar a él —que no es sólo él sino todos nosotros—, no se puede despilfarrar en el rito oligofrénico del saludo con el codo, en el recurso al talismán de la mascarilla y su detente bala, en la ceremonia del gel hidroalcohólico, en el paso por los arcos irrigadores de lejía o en una libertad ganada a golpe de pasaportes validados por un deltoides perforado. Desde el pasado y el presente La Boétie, y sus discípulos en este manifiesto, nos agarran por las solapas para avisarnos del peligro que corremos en nombre de una espúrea sensación de seguridad, para sacarnos de la comodidad de la modorra infantil, del sueño de que estamos protegidos. Y, sin embargo, la pregunta se hace inevitable: ¿servirá esto de algo para quienes no desean ser despertados? Personalmente, no tengo muchas esperanzas. El mundo parece que ya lo han ganado los hipocondríacos, los enfermos de los nervios, los deprimidos por un sistema de terror al que se ha permitido esa colonización exasperante, las “multitudes azotadas por la peste” que no proviene de otra enfermedad que la del espanto de verse uno mismo prematuramente al borde de un vacío ante el que la imaginación se pierde en aterradoras abstracciones. Pero es necesario que el muro que ese mismo sistema ha erigido entre el (todavía así llamado) “sentido común” y la (todavía así llamada) “realidad” se vea estremecido por los golpes desde fuera, por la rabia de quienes han optado por “recuperar su derecho natural” frente a un nuevo tipo de colonialismo que no se detiene en el territorio e invade igualmente a los cuerpos que lo ocupan. Si un orden es necesario, un orden abusivo requiere necesariamente de una respuesta contundente. Y en el caso de que esto, dicho así, parezca una locura, pensemos de qué manera habría que calificar entonces los “contextos de la información” (véase la guerra de, o más bien contra, Yugoslavia, y las declaraciones del portavoz de la agencia mediática Saatchi & Saatchi, en 1999, en las que hablaba abiertamente de “los nuevos modelos de información”), servidos por las correas de transmisión del poder, los políticos, periodistas, escritores, actores, presuntos intelectuales, famosos de medio pelo, que exigían medidas de control y apartamiento social contra quienes no habían puesto su deltoides al servicio de la humanidad, las encuestas televisivas precocinadas que persuadían a los (así llamados) “televidentes” a evitar todo trato con los apestados por la enfermedad negacionista en las cenas de Navidad, aprovechando ya de paso para darle un nuevo significado a lo que hasta ahora entendíamos como “espíritu navideño”. La Boétie lo dejó bien claro —y escribió su discurso entre los dieciséis y los dieciocho años—: nuestra libertad empieza por querer ser libres, ni más ni menos, no por el hecho de atribuir a una instancia superior el poder, siempre arbitrario, siempre inmerecido, de levantarnos un castigo o unas (así llamadas) “restricciones”. Murió joven, trató de ser libre a su manera, fue amigo de Montaigne, en cuyo pensamiento influyó. Se hubiera echado las manos a la cabeza de haber visto, ante las puertas de los campos de Auschwitz, de Groß-Rosen o de Dachau, el lema “el trabajo os hará libres”, y no habría podido siquiera imaginar qué clase de mundo había conducido a esa monstruosidad. Pensemos si realmente hemos avanzado algo desde entonces cuando una marca farmacológica, condenada además por sobornos (2009) y malas prácticas comerciales (2012), y obligada a pactar extrajudicialmente por testar medicamentos experimentales en niños (casi en su totalidad dañados o muertos) sin el conocimiento de los padres ni la aprobación previa de las agencias reguladoras (2011), se ha ganado el favor de la clase política —la servidumbre voluntaria de los futuros “dioses virtuales”— y de tres cuartas partes de la población mundial con un lema que no ha sido preciso escribir en ninguna parte, salvo como contenido memético en el cerebro de millones de personas asustadas, o convencidas de estar haciendo un bien, o seguras de que la ciencia no pide discrepancia sino abrazar la magia del consenso: “la vacuna os hará libres.” ¿Todo un siglo de distopías, y tan pocos aprendieron las lecciones de la ciencia-ficción? Como escribió Peter Handke, al hablar de la “aniquilación de Yugoslavia” como “un dispositivo temporal, que será desastroso más adelante”: “¡Otro lenguaje, por favor! Personas benevolentes, ¿dónde estáis? Ya no veo más que gente malintencionada con sus moralizantes frases hechas.” Y quien dice “gente malintencionada” dice “políticos” y todos sus secuaces con la palma hacia arriba, y quien dice “frases moralizantes” dice “aplanar la curva” o “inmunidad de rebaño” (sí, ¡de rebaño!), dice “vacunarse es un acto de amor” o “salimos más fuertes”, o “mantenga la distancia de seguridad”. Y quien dice “ciencia-ficción” dice, sobre todo, “política-ficción”. ¿Estamos entonces en el mundo de la (así llamada) “posverdad”, ante el caldo informativo de lo que se ha dado en llamar fake news, las noticias engañosas y necesitadas del pastoreo de la verificación? No, estamos en el reino de la política-ficción. Con sus guionistas acelerados, sus golpes de teatro, sus oscuros creadores de escenarios, que han parasitado los rincones del debate y han metido al mundo en lo que Baudrillard describía —en un libro sobre una guerra que tuvo y no tuvo lugar— como “la podredumbre de la simulación”. Pero el siguiente tramo de la película (véase Ucrania, véanse las previsiones de futuros alimenticios, estrechamente ligados al “clima” o a un nuevo catálogo de posibles pandemias, véanse las sonrisas de los filántropos agoreros, metidos a curanderos, metidos a latifundistas) ya está introduciendo su utillería en el teatro de la mente, sirviéndose una vez más del presupuesto ilimitado del miedo, de la servidumbre del (sí, así llamado) “rebaño” y de su necesidad de una protección que llegue, como para todo buen creyente, desde lo alto.

¿Algo esperanzador, para terminar? Personalmente… Pero olvidemos por una vez los personalismos. Algo de mí —¿un polvillo estelar?— me pide alargar el brazo al azar en nombre de una totalidad, y así es como me encuentro con las “flores, guirnaldas y coronas trenzadas de pervinca” del joven Keats. Y con los versos de un maltratado poeta que prefirió su locura a la espantosa cordura de los demás, y que dio la espalda a una sociedad bien adaptada para entregarse a un largo autoconfinamiento, Friedrich Hölderlin: “Allí donde se cría la amenaza, se cría también lo que nos salva”. Y un poco más allá, un poco más allá, en dirección a París, descubro esa misma frase expresada de otro modo, en las palabras —como recostadas sobre un codo y mirando a las estrellas— de quien bien podría haber sido vecino de su torre: “En lo que a mí respecta, la canción estaba en lo cierto aquella noche”.

En lo que a mí respecta, también.

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Autor: (Anónimo). Traductor: Emilio Ayllón Rull. Título: Manifiesto conspiracionista. Editorial: Pepitas de calabaza. VentaTodos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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En el reino de la política-ficción – Zenda