¿Por qué Israel tiene problemas de gobernabilidad? | Cenital

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Venimos con un año variado de entregas de este newsletter y estamos casi llegando al final. Algunas fueron sobre elecciones bien cercanas, como las de Brasil, nuestro principal socio comercial. Gracias a las urnas, resultó para bien. Otras más estrambóticas, como las de BiH o la del mejor amigo de Putin. Como queda poco del año electoral, quiero dedicar esta a una elección particular, pero hacerlo en su contexto. En su historia. En sus instituciones y sus actores. Hace dos semanas hubo una nueva elección parlamentaria en Israel, la quinta en cuatro años. No se puede entender al país y su realidad política sin los incentivos que generan las reglas electorales en los actores que compiten hoy en día.

Israel es más complejo de lo que parece. Y no siempre fue tan así. No creo que acá pueda ofrecer la solución para que lo sea menos, pero sí darte alguna pauta de por qué hoy lo es.

Un tema de incentivos y partidos

El tiempo en la office. El Estado de Israel existe como tal desde 1949. Actualmente cuenta, como todo sistema parlamentario y republicano de bien, con un presidente (Nesi Medinat Yisra’el) electo por el Knesset, que es la asamblea legislativa unicameral de 120 bancas. Llega ahí por el voto secreto de los parlamentarios y tiene que alcanzar el 50% para llegar al cargo. No tiene muchas más funciones que el presidente de Italia o el de Alemania: una figura protocolar que ayuda, cada tanto, a formar gobierno cuando no se puede. Hasta el año 2000, duraba 5 años en el cargo con una posible reelección. A partir de esa fecha, un solo mandato de 7 años. El que sí tiene bastante poder es el Primer Ministro (Rosh HaMemshala), titular del gobierno y, como sus pares, electo también parlamentario. Se sostiene mientras mantenga la mayoría de las bancas (61) o cuando se termine el mandato electoral de 4 años de la asamblea.

Hasta acá todo parece bastante normal, regular y, como te dije, parlamentario. Pero Israel tiene una particularidad explotada mediática y tuiteramente: sus gobiernos no duran casi nada. Esto sin dudas es algo propio del país y que lo caracteriza. Pero la noticia es que no siempre Israel tuvo gobiernos o primeros ministros que duraran poco tiempo. Es más bien algo sintomático de, digamos, los últimos 20 años.

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Esto es algo que podés ver en el gráfico a continuación. Listé todos los titulares del Poder Ejecutivo israelí desde 1949 hasta la fecha y contabilicé los días que estuvieron en el cargo de manera ininterrumpida. En aquellos casos en que volvieron a ocupar el cargo después que otro tomó las riendas aparece con un II al lado del apellido por ser su segundo mandato. A eso le agregué los partidos políticos desde los cuales lideraron el gobierno. Porque acá hay otra regularidad israelí: desde su creación nunca gobernó un partido en solitario, siempre fue en coalición.

Tal como podés observar, hasta comienzos de los ’90 (Isaac Shamir II) los primeros ministros solían durar unos 2.000 días en el cargo. Eso es igual a 5 años y medio, poco más que la duración de la Legislatura. Las excepciones, como las de Moshe Sharet (del laborista Mapai) o el primero de Isaac Rabin (del fusionado Partido Laborista), fueron la excepción más que la regla. Post ’90s se da a la inversa. Solo Ariel Sharon (primero del derechista Likud, después del centrista Kadima) y Benjamin Netanyahu (Likud) superaron lo que en los primeros 40 años de vida fue una regularidad.

Esta idea de los dos tiempos de la (in)estabilidad israelí se refuerza si ves el mismo gráfico pero indicando la duración de los gobiernos. Recordá que en un parlamentarismo el titular del cargo puede mantenerse si, en caso de perder la mayoría, logra rearmar una coalición con otros aliados que alcance el preciado número de 61.

Al gráfico le mantuve la misma escala en el eje vertical para que veas la diferencia entre personas y gobiernos. No es un error, es a propósito. Acá sí aparece una singularidad interesante. Fijate como las barras son más bajas al comienzo y empiezan a ser más altas por la mitad. Si pones este segundo gráfico encima del primero, esto quiere decir que, por ejemplo, los primeros gobiernos del Mapai o del Partido Laborista tenían líderes que se sostenían en el poder, pero que cambiaban de socios con el correr de los años para ir juntando nuevas mayorías. No tenían que convocar a tantas elecciones anticipadas y seguidas. Por otro lado, lo que sí se ve claramente es que todo cae drásticamente en los últimos años. Justamente la seguidilla de tres de Netanyahu, el de Naftali Bennett (Yamina) y el saliente de Yair Lapid (Yesh Atid), que tuvieron que ir a elecciones para reunir mayorías. Son los árboles, no todo el bosque.

Las reglas electorales dicen mucho. El porqué de la inestabilidad reciente es una combinación de reglas con actores. Porque siempre la culpa es del código electoral, digamos todo. Israel es, junto a Países Bajos, uno de los pocos (si no los únicos) países en el mundo que eligen a sus parlamentarios nacionales a distrito único con fórmula proporcional (en este caso la D’Hondt). Esto quiere decir que las unidades administrativas en las que se subdivide no son la base geográfica sobre la que se eligen los legisladores, como ocurre en Argentina, Brasil, Chile, España o Estados Unidos. La base es todo el país entero. Y la magnitud, de 120, es bastante alta. La logia de la ciencia política dice que más de 8 es un número elevado. Hacé cuentas.

Usan lista cerrada y bloqueada con una fuerte identificación partidaria. A esto se suma que el umbral legal para entrar en el Knesset es muy bajo. Para poder entrar en el reparto hay que alcanzar el 3,25% de los votos válidos, lo cual, con tanto para repartir, genera un efecto gaseoso y totalmente de gusto en su aplicación. Esto es algo histórico de Israel. Desde 1949 hasta 1992 era de 1%, para luego pasar a 1,5% hasta 2003 y al 2% desde entonces. En 2014 cambió al actual valor. En una sociedad altamente fragmentada, con un conflicto bélico y regional permanente, los diseñadores de instituciones pensaron en tener todas la voces en el parlamento. No es un objetivo malicioso, al contrario. Diseñar reglas implica una transacción entre representación y gobernabilidad. En la vida hay que elegir. Israel lo hizo full por la primera.

Esta combinación de factores hizo que en las últimas décadas cada vez más partidos políticos se le animaran a la competencia electoral. En el gráfico a continuación podés ver, desde 1949 hasta la fecha, la cantidad de listas que se presentaron a competir, la cantidad que ganaron bancas y la fragmentación de la Legislatura. Éste último indicador se mide a partir del NEPP (Número Efectivo de Partidos Parlamentarios), un valor que expresa un número el cual indica, a partir de la proporción de bancas que cada uno ganó, cuántos son efectivos e importantes.

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Con el correr de los años cada vez más partidos se presentaron a competir, tal como muestran las barras azules oscuras. Salvo contados casos, siempre fueron al alza. Los que ganaron bancas, sin embargo, se han mantenido estables entre 10 y 15. Acá es donde viene el problema de gobernabilidad. A fines de los ’90 el nivel de fragmentación se emparejó casi al mismo nivel que las listas que entraron. ¿Qué quiere decir esta diatriba politológica? Que en las últimas décadas los partidos que ganaron las elecciones lo hicieron cada vez con menos bancas y otros que ganaban menos empezaron a sumar alguna más. Los partidos grandes que ganaban las elecciones se alzaban con más de 40/50 bancas antes, pero últimamente lo hacen con alrededor de 30. Los más chicos, que antes rascaban una, ahora reúnen 5. Y los medianos que tenían 6, andan hoy entre 10 y 15. Dado que las reglas electorales establecen una conversión casi matemática entre la cantidad de votos que una lista obtiene y la de bancas que alcanza, no hay premio de mayoría para el ganador. No existe un plus para la gobernabilidad. Este proceso se dio, justamente, en paralelo al momento en que los primeros ministros duraron menos en el cargo. Coincidencias.

El reparto electoral del poder pasó a ser más proporcional en lugar de confiar en un actor dominante, como ocurrió con Mapai, con el laborismo o, incluso, con Likud, hasta fines de la década del ’80. Estos partidos fueron, en esas primeras décadas de vida del Estado israelí, los articuladores en torno a los cuales se construyeron mayorías relativamente sólidas en el tiempo. De hecho, hasta comienzos de los ’90, era común encontrar que las dos primeras listas (generalmente el laborismo y Likud) sumaban cerca del 60% de las bancas. A partir de ahí, pocas veces se dio que superaran el 50%. Es distinto negociar una coalición cuando estás arriba de 1/3 de la Legislatura que cuando estás por debajo. Acá sos más parecido a tus pares, no distinto. Y todos tienen un cachito de poder que, aunque sea mínimo, juega.

A mediados de los ’90, cuando se les venía la tormenta, quisieron resolverlo, sí. De una manera algo estrambótica. Israel fue el único país que implementó la elección directa del primer ministro en el mundo. El resultado no fue el esperado, dado que en tres ocasiones (1996, 1999 y 2001) el líder electo no fue en simultáneo con el partido más votado para el Knesset. Lo que iba a dar estabilidad terminó generando más ingobernabilidad. La loca idea, de hecho, duró apenas siete años. Acá un colega que la sabe lunga le pega un poco a la idea.

A estas cuestiones de forma, claro, se suman elementos propios de la disputa política en el país a partir de los actores que en la diaria marcan la agenda. Me gustó encontrarme esté gráfico en Twitter que explica de manera muy clara el cambio de preferencias ciudadanas.

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Fuente: @mathieugallard. Partis arabes= partidos árabes. Partis de gauche = partidos de izquierda. Partis centristes = partidos de centro. Partis orthodoxes = partidos ortodoxos. Partis de droite = partidos de derecha.

Con el correr de los años, los partidos a la derecha (Likud e Israel Beitenu por ejemplo) han ido ganando terreno. Los ortodoxos, fuertemente confesionales y radicalizados en la disputa religiosa en la región (como el sionista HaTzionut, HaDatit o Shas), han tenido sus altibajos pero se han mantenido en torno al 15% de la Cámara. Los que sí perdieron mucho han sido los partidos de izquierda (Mapai y el Partido Laborista) frente al crecimiento de los partidos de centro (Kadima y Yesh Atid). Pero los que también se han expandido han sido los árabes, entres los que destaca la Lista Árabe Unida. Es un gran collage que se movió.

Los últimos cinco gobiernos y Bibi. El gráfico anterior explica bastante esto a continuación. Hoy en día la política israelí gira en torno a Bibi, El Benja, Benjamin Netanyahu. Se ha convertido en el referente político en torno al cual giran todas las decisiones, tanto electorales como gubernamentales. Hay elementos para sustentarlo: es el primer ministro que más ha durado en el cargo de manera ininterrumpida y el que ha liderado los gobiernos más longevos desde la inestabilidad post ’90s. Ese poderío lo ha sustentado a partir de una fuerte alianza entre su partido Likud, otros de derecha nacionalista extrema y varios ortodoxos. También ha sumado, en algunos gabinetes, al alicaído Partido Laborista y a algún centrista suelto. Esto ha ido en línea con el corrimiento del electorado israelí que, como muestra el gráfico anterior, se ha corrido hacia el centro y la derecha, dejando las posiciones a la izquierda algo huérfanas de poder.

Israel siempre se ha caracterizado por tener una disputa política en torno a múltiples ejes. Al tradicional izquierda-derecha se le suman el confesional-laico y la lucha, bélica por momentos, entre israelíes y árabes por un territorio con un fuerte simbolismo religioso. Pero como eran pocas, a estas líneas de división se les ha sumado una más: pro-Bibi vs. anti-Bibi. Como bien sintetizan acá, Netanyahu tiene varios procesos judiciales abiertos por corrupción y mal desempeño de sus funciones. Esto ha llevado a que, en estas elecciones 2022 en particular, se conformaran dos coaliciones bien diferenciadas con él mismo como factor distintivo. De hecho, en las anteriores elecciones celebradas en 2021, los partidos que querían desterrarlo de la política se juntaron bajo el liderazgo de Naftalí Bennett (Yamina), a pesar de tener profundas diferencias ideológicas y religiosas entre sí. El gobierno que él lideró y que continuó Yair Lapid (Yesh Atid) después de su renuncia, reunió a partidos centristas, religiosos ortodoxos, de izquierda y árabes. Todos anti-Bibi. Y lo hicieron con apenas 60 bancas sobre 120 gracias a 1 abstención que no apoyó al todopoderoso mandamás iraelí, quien reunió 59 voluntades. Atado con alambre.

Parte de esta inestabilidad reciente se explica, entonces, por la ensalada que cocinan estos elementos. Reglas electorales extremadamente permisivas con una representación casi exacta de una sociedad altamente fragmentada, corrida leve y recientemente hacia la derecha. Partidos políticos que representan múltiples líneas divisorias, las cuales, a su vez, dificultan los acuerdos a largo plazo. Alta cantidad de actores que nacen con tal de agarrar un pedazo del Knesset que, por esas cosas del parlamentarismo, los ubique en el gobierno. La frutilla es un líder fuerte, dominante en los últimos 30 años al que, tal vez, le llegó su última oportunidad de supervivencia.

No, Israel no siempre fue ingobernable. Solo hace poco.

Recuelectorales

Antes de irte, te dejo tres recomendaciones de lectura para el finde:

  • Para vos que seguís manija con Brasil, desde CICaD sacamos junto a la Consultora Ágora un nuevo informe de #LoQueDejó. Buscamos capturar en las elecciones presidenciales la experiencia de votar de brasileños y brasileñas. Nos encontramos con un país partido en dos. Lo lees acá. Si te gustó o interesa saber más, escribime.
  • Si te gustan las coaliciones de gobierno, este documento es para vos. No es solo perorata politológica. Tiene recomendaciones prácticas para que las internas no hagan explotar todo.
  • #LaGenteVota participó de la presentación del informe sobre voto migrante en la Ciudad de Buenos Aires a cargo de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad. Único medio presente. No solo tiene información muy rica, si no que también reconoce la importancia de la ampliación de derechos civiles. Felicitaciones al amplio y nutrido equipo. Lo lees acá.

Igual que la vez pasada, te pido las tres últimas cosas. Primero, que te sumes a la comunidad de Cenital porque sos re copado y nosotros también. Segundo, que sigas el news de Periodistán sobre esa cosa hermosa que se llama Copa Mundial de Fútbol y que arranca el domingo #nopuedomásdelamanijapordiossanto. Tercero, que si querés podes usar los recursos que armé con mucho amor, como el Google Electoral Calendar (descargándolo acá desde tu compu y acá desde tu celu) y la lista de Twitter. En breve empezaré a actualizar las del 2023. Te adelanto que en América Latina habrá pocas, pero relevantes.

Un abrazo electoral,

Facu



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